Riesco, Manuel (2012), El parto de un siglo: Una mirada al mundo desde la izquierda de América Latina, CENDA-USACH, Santiago
Luis Corvalán Marquez
Chileno, Doctor en Estudios Latinoamericanos, Universidad de Valparaíso.

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Resumen

Primero Al leer el libro de Manuel Riesco “El parto de un siglo”, tempranamente nos damos cuenta de que estamos en presencia de un texto de considerable alcance. Su apariencia es la de un libro de economía. Pero, a mi parecer, se podría decir que finalmente lo que tenemos a la vista es un libro de política. No, claro está, en el sentido contingente del término, sino en una significación de más largo aliento, incluso fundante. Dicho de otra manera, estamos en presencia de un libro de perspectiva política que, sin embargo, argumenta sus tesis desde la economía, así como también desde una implícita reflexión historicista e incluso filosófica, aunque quizás esta última se halle subyacente. A partir de estos supuestos me atrevería a sostener que Manuel Riesco recoge, -aunque con otra perspectiva-, esa tesis de Lenin que sostiene que para trazar la estrategia política se requiere antes que nada precisar el “carácter de la época”. Como es sabido, Lenin consideraba que, en el marco de la fase imperialista del capitalismo, -la cual a su juicio generaba todas las premisas materiales para el socialismo faltándole a éste sólo el factor subjetivo para su implementación práctica-, el carácter de la época consistía en la crisis general del capitalismo, -iniciada con la revolución de octubre-, y en el paso desde el capitalismo al socialismo a escala mundial. Ello mediante la revolución proletaria. Como se dijo, Lenin estimaba que la premisa que faltaba para operar ese tránsito, -cuyas premisas objetivas consideraba cumplidas-, era el mencionado factor subjetivo, es decir, la voluntad revolucionaria, cuyo núcleo era el partido. En este caso, un partido mundial, la Internacional Comunista, que Lenin se abocó a fundar y organizar. Pues bien, la primera tarea que consciente o inconscientemente asume Riesco en su libro consiste precisamente en situarse en la problemática de Lenin. Es decir, en la referente a la caracterización de la época. Pero ello no en base a los referentes de un siglo atrás, sino a la luz de toda la historia del siglo XX y de los procesos que hoy transcurren ante nuestros ojos. Incluyendo la historia del socialismo real y su derrumbe, sobre lo cual Riesco propone una lectura. Dicho de otro modo, Riesco problematiza el carácter de la época pensando el tema desde el siglo XXI. En tal tarea, a mi juicio, hace una definición teórica, -siempre implícitamente-, que de hecho remite a la historia del pensamiento socialista, y particularmente marxista. Esta definición se sitúa dentro de la tensión que siempre existió, -no solo en la II Internacional, sino también en la III-, entre las condiciones objetivas requeridas para instaurar el socialismo y las condiciones subjetivas, esto es, la voluntad revolucionaria de sus fuerzas motrices. Ya Marx, en su conocida Contribución a la crítica de la economía política, de 1859, de alguna manera, quizás un tanto oblicua, abordó el tema. Al respecto sostuvo que la revolución conducente al socialismo no era posible sin sus premisas materiales, o sea, sin sus condiciones objetivas. Su formulación fue la siguiente: “al llegar a una determinada fase de desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes, o lo que no es más que la expresión jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas. Y se abre así una época de revolución social.” Y más adelante agrega: “ninguna formación desaparece antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella, y jamás aparecen nuevas y más altas relaciones de producción antes de que las condiciones materiales para su existencia hayan madurado en el seno de la propia sociedad antigua.” A través de estos planteamientos, a mi juicio, Marx -a la inversa de lo que parece- no hacía abstracción del factor subjetivo, esto es, de la voluntad revolucionaria. Lo que hacía era correlacionarlo con las condiciones objetivas, al margen del cual sería impotente. En este sentido, -podríamos interpretarlo- quiso decir que aunque la voluntad revolucionaria lograra imponerse por sobre inmaduras condiciones “objetivas”, a la larga estas le pasarían la cuenta. Como es sabido, en la historia de socialismo europeo la II Internacional enfatizó la falta de maduración de las condiciones objetivas para el socialismo, mientras que la III, - aunque a mi parecer especialmente al comienzo-, las dio por existente poniendo sus énfasis en las subjetivas, esto es, en la voluntad revolucionaria, que había que desarrollar. Pues bien, a mi juicio, -no sé si consciente o inconscientemente-, Manuel Riesco en su libro -es cierto que de manera implícita- se sitúa precisamente en esa dicotomía. E incluso más, toma partido decididamente por uno de sus polos. En este caso, por el que enfatiza la primacía de las condiciones objetivas. O, mejor dicho, se inclina por la tesis que sostiene que hoy por hoy no existen las condiciones objetivas para el socialismo. Hoy por hoy, a su juicio, las condiciones objetivas por las que atraviesa el planeta no corresponderían a las premisas requeridas por aquél. Por tanto, se haría necesario adecuar a este hecho duro el pensamiento político de los que hasta hoy lucharon por el socialismo. Toda la primera parte del libro de Riesco gira en torno a esta tesis. Su argumento central se podría resumir así: recién ahora, a comienzos del siglo XXI, se están generalizando en el planeta las relaciones de producción capitalista, o sea, en sus términos, la modernidad. ¿cómo entonces se podría transitar al socialismo si este siempre fue considerado como el resultado de la superación de las contradicciones inherentes al capitalismo el cual no se hallaría hasta ahora generalizado en el planeta sino en curso de serlo? El carácter de la época, en consecuencia, no consistiría en el paso del capitalismo al socialismo, sino en el paso del precapitalismo a la modernidad capitalista, cuestión que vigorosamente estaría en pleno decurso. Ello a nivel planetario. El análisis de los dos últimos siglos, a juicio de Riesco, demostraría este aserto. Los hechos, los datos empíricos, incluyendo en primer lugar el derrumbe del socialismo real, lo pondrían en evidencia. De allí la necesidad de adecuar el pensamiento a estas realidades. “Mirad, hay cráteres en la luna”, nos dice, para referirse al derrumbe de la visión medieval del mundo frente a la visión moderna, la que en el siglo XVI no hacía más que dar cuenta de una insoslayable empiricidad. En base a estas consideraciones, Riesco nos quiere decir que estamos ante un desafío análogo. Esto es, que tenemos que modificar nuestra visión del mundo, -que antes se focalizaba en un proyecto socialista o de perspectiva socialista- adecuándola a los hechos, particularmente de los ocurridos en el último siglo, que demostrarían que las premisas materiales del socialismo recién estarían configurándose. En lo dicho, a mi juicio, reside la base teórica del libro, lo que fundamenta todo lo que sostiene luego. Esto es, que la transición del precapitalismo -que identifica con el mundo agrario tradicional- a la modernidad capitalista se halla todavía incompleta, aunque, con la globalización, en vertiginoso ritmo de avance; que lo progresista, bajo ciertas condiciones que explica, es contribuir a su culminación; y que sólo entonces, en un futuro que parece lejano, se podrá pensar en una superación del capitalismo. Una de las características del libro de Manuel Riesco reside en que dota de abundante material empírico a sus tesis. Particularmente ricos son los datos que proporciona, -para los más diversos lugares del mundo-, sobre las migraciones campo ciudad, los procesos de urbanización, los cambios culturales inherentes a esto, la generalización del trabajo asalariado, etc., en resumen, sobre el paso del orden tradicional y agrario a la modernidad capitalista. No insistiré en este aspecto que recorre su libro, aunque quiero destacarlo con particular énfasis. En este sentido, la labor intelectual de Manuel Riesco, -se compartan o no sus tesis-, hace gala de una encomiable seriedad. Otra evidencia al respecto la constituye su capacidad para dialogar con diferentes autores, no solo europeos y norteamericanos, sino también chilenos, de cuyas reflexiones se muestra al tanto y en las cuales en parte se apoya. Segundo El libro, por otra parte, hace gala de una clara concepción de la historia. Al respecto, como ya se insinuó arriba, parece distinguir dos grandes fases en la historia humana: la tradicional agraria, por un lado, y la modernidad capitalista, por el otro. El mundo contemporáneo, -particularmente el siglo XX-, se caracterizaría por el paso a escala planetaria de la primera fase a la segunda. Ello -y en esto Riesco es muy enfático- al margen de toda uniformidad y, por tanto, en medio de variadísimas formas, teñidas por la cultura, las personalidades y las más diversas singularidades históricas. No obstante, el contenido fundamental del proceso histórico mundial sería esencialmente el mismo. Esto es, el paso a la modernidad capitalista. ¿Hay aquí un determinismo? Habría que verlo. ¿Dónde reside la necesidad del paso a la modernidad dejando atrás al mundo agrario? ¿Qué compele a la humanidad a pasar de una fase a otra? Marx al respecto habría dicho que sería el desarrollo de las fuerzas productivas el factor desencadenante de tal transición, fuerzas productivas que en su desarrollo van haciendo que las relaciones de producción deban adecuárseles. Manuel Riesco no aborda el punto. El tema que sí aborda es el referente a la modalidad pionera de ese tránsito, verificada en Inglaterra, donde el libre mercado predominará, aunque sin prescindir del Estado. No obstante -dice Riesco- el Estado, en el mismo tránsito, pero en otros lugares del mundo, habría tenido un rol fundamental. Tal habría sido el caso Ruso (soviético) y el Chino (actual). Porque, a juicio de Riesco, estos casos, y otros análogos que menciona, no constituirían procesos conducentes al socialismo sino formas particulares de la transición del mundo agrario a la modernidad capitalista. Ello, no obstante, sólo habría quedado claro a fines del siglo XX a través de los acontecimientos de todos conocidos, particularmente el derrumbe del bloque soviético. Análogo -aunque de ningún modo igual- habría sido el caso latinoamericano. Aquí el tránsito a la modernidad capitalista, con todas sus diversidades de un país a otro, habría operado mediante lo que Riesco denomina el desarrollismo, hecho posible debido a cierto control de las burocracias profesionales y técnicas sobre los Estados, cuestión que habría ocurrido, más menos, desde los veinte del siglo pasado en adelante. Esas burocracias, no habrían podido ser cooptadas por las oligarquías, lo que les permitió llevar adelante, a través de la inversión pública y otros instrumentos estatales, los procesos modernizadores que se tradujeron en las industrializaciones sustitutivas, muchas veces apoyadas en las masas populares. Pero no sólo eso, dichas burocracias instalaron lo que Riesco denomina “estados de bienestar social”, con sus respectivas prestaciones de salud, educación, vivienda, etc., y con su respectiva institucionalidad. Así habría emergido la modernidad capitalista en América Latina y también en Chile. Riesco aporta numerosos datos históricos para apoyar esta tesis recorriendo la historia de nuestros países, y particularmente de Chile, a lo que dedica varios apartados. A juicio de Riesco, por otra parte, el éxito del desarrollismo, con su correspondiente estado de bienestar, terminó causando su crisis. Dicho simplificadamente, la modernidad que indujo creó clases empresariales, y otros recursos humanos, que podían emprender por sí mismas -y quizás mejor- la tarea modernizadora que el Estado desarrollista venía realizando por décadas. Ello se tradujo en el desplazamiento del desarrollismo por el Consenso de Washington, cuyos esquemas creaban mejores condiciones para la acción de tales clases empresariales y, por tanto, para un despliegue más acelerado de la modernidad. Esto significa que el Consenso de Washington, o sea, el neoliberalismo, sólo habría sido posible por el éxito del desarrollismo. Habría constituido, en cierto modo, la continuación lógica de este último dentro de una carrera de postas cuyo contenido consistiría en el despliegue de la modernidad. Al respecto Chile sería el caso paradigmático. En efecto, el crecimiento económico que empezara en 1986 y que no pararía sino hasta la crisis asiática, (para ser parcialmente retomado años más tarde) habría sido posible debido a que la dictadura militar no revirtió los avances modernizadores de la Unidad Popular, sobre todo la Reforma Agraria y la nacionalización del cobre. Dicho de otra forma, habría sido posible por las continuidades existentes entre las dos fases, y no por sus rupturas. No obstante los esquemas del Consenso de Washington, y la modalidad extrema que adoptara en Chile, pese a que continuaron con los desarrollos de la modernidad, lo hicieron con gigantescos costos sociales, nos dice Riesco (aparte de los asesinatos masivos y otras violaciones a los Derechos Humanos, -y de la clausura de la democracia-, que en Chile estuvieron en su origen). En el contexto de la fuerte contracción del gasto social y de la destrucción del Estado de bienestar social que llevara a cabo, -y que Riesco de- muestra con abundantes cifras-, los logros del neoliberalismo beneficiaron sólo al quintil más pudiente. Insistamos, Riesco lo demuestra con lujo de detalles. En vista de estos hechos, el neoliberalismo terminaría en un fracaso, agotándose. Las privatizaciones que le fueron propias, y su racionalidad exclusivamente mercantil, terminaron produciendo pobreza para los más. Y al incumplir las expectativas que generara, como se dijo, se agotó y su agotamiento se hizo evidente en todo el mundo que de nuevo empezó a mirar hacia el Estado. Ante el agotamiento de los esquemas del Consenso de Washington Riesco postula la necesidad de abrir paso a un neodesarrollismo que restaure un modernizado estado social del bienestar, que instale agendas sociales universales e inclusivas, con sus premisas: un sistema tributario adecuado a ello. Este neodesarrollismo, en todo caso, no implicaría un retorno al viejo desarrollismo. Desde ya supondría la integración latinoamericana. Es decir, tendría que darse a nivel regional, sobre lo cual Riesco hace importantes consideraciones, sobre todo en torno al MERCOSUR, en lo que no podemos detenernos. Otro aspecto nuevo de este neodesarrollismo residiría en que hasta cierto punto, con su correspondiente rol regulador del Estado, debería representar una síntesis dialéctica con el consenso de Washington y sus más altos niveles de productividad derivados de la existencia de las nuevas clases empresariales, clases que -siendo, al parecer, los actores claves de la modernidad junto a las clases medias urbanas- requerirían de un ambiente adecuado para los negocios, que dentro de eficientes marcos regulatorios, habría que mantener. Da la impresión que Riesco quisiera decirnos que esta verdadera síntesis dialéctica que se expresaría en el neodesarrollismo constituye la premisa para la continuación del des- pliegue de la modernidad. Y, más aún, convertirse en funcional a tal proceso sería la ta- rea de la izquierda del siglo XXI. Esta es, a mi juicio, la gran conclusión política del libro. Tercero A propósito de la síntesis que Riesco nos propone quisiera nuevamente retomar el tema de los supuestos teóricos o filosóficos que parecen subyacer en su libro. A este respecto no puedo ocultar que el texto me sugiere cierto hálito hegeliano. A mi juicio, sus páginas parecen insinuar, en efecto, que el proceso histórico mundial es racional y que tiene una meta hacia la cual ineluctablemente se dirige, aunque por vías extraordinariamente diversas. Tal meta sería la consumación de la modernidad capitalista y después, -en un futuro indefinido-, su superación por una forma que no precisa. Dentro de esa especie de teleología cada fase del proceso parece necesaria y, en tanto tal, representaría un valor. Y su negación por la fase siguiente sería dialéctica. Es decir, se haría manteniendo los elementos válidos en un plano superior. Por eso la crítica que Riesco hace al modelo del Consenso de Washington no supone su condena en bloque. Hay elementos suyos, dice, que deben ser mantenidos en el neodesarrollismo. Al respecto se refiere a ciertos servicios de salud y educación privados, los que deberían coexistir con universales sistemas estatales de educación y salud gratuitos y de calidad, como está en nuestra tradición, por lo demás. Pero este hegelianismo del texto creo verlo sobre todo en el rol que en la historia Riesco le asigna a las clases subalternas y a las corrientes políticas e ideológicas que se apoyan en ellas. “Honor y gloria a los jacobinos”, dice refiriéndose a las mismas. Dichas clases en su discurso parecen ser un instrumento de la razón que regiría al mundo, razón que se materializaría gradualmente a través de la historia, particularmente en el universal proceso de modernización en curso. Esas clases no luchan en su beneficio, nos dice Riesco, aunque creen hacerlo. No por casualidad son las perdedoras de siempre. En realidad ellas luchan, sufren y mueren, -haciendo gala del más increíble heroísmo-, para acelerar el decurso histórico, para hacer lo que los que se beneficiarán con los grandes cambios y revoluciones no se atreven a hacer por sí mismos. Se trata de los sans culottes, de los bolcheviques, de los rodriguistas, etc. Otros ganarán con su sacrificio. Pero, como se dijo, sobre todo ganará el proceso histórico, o la HISTORIA, con mayúscula, a la que aquellos, en el cumplimiento de su misión, harían avanzar. Cuarto Para ir finalizando quisiera hacer cuatro consideraciones más, un tanto críticas. La primera se refiere a la ausencia en el texto de Riesco de referencias a las empresas transnacionales (ETN) y al total control que (con las excepciones consabidas) estas pasaron a ejercer -hasta hoy- sobre los países latinoamericanos, con la correspondiente extracción de gigantescos excedentes. En correlación con esta ausencia, en el texto de Riesco el modelo neoliberal impuesto en América Latina -en mi percepción- se insinúa como un resultado del proceso de modernización desatado por el propio desarrollismo, más que como la consecuencia del desenlace, que se produjo en los setenta, de la lucha entre, por un lado, los sujetos mesocráticos y populares con proyectos de perspectiva socialista y, por el otro, el imperialismo norteamericano y sus aliados internos, las oligarquías. Desenlace que fue violento y que en muchos países vino seguido de dictaduras militares terroristas que crearon, a través de asesinatos masivos, las premisas políticas para la posterior instalación del neoliberalismo (cuestión, esto último, que a veces corrió por cuenta de los propios civiles). Mi segunda consideración apunta a poner en duda la valoración en bloque de la modernidad, especialmente en el plano económico, que Riesco parece tener en alta consideración. Respecto al punto hago mío lo que se ha señalado con tanta insistencia durante las últimas décadas. Esto es, que el crecimiento propio de la modernidad capitalista (y también de lo que se llamó “socialismo real”), es destructivo del ecosistema y, por tanto, de la humanidad misma. Por tanto, como ideal absoluto es cuestionable, si no suicida. Como es sabido, en base a este supuesto es que han aparecido propuestas como las de la economía del decrecimiento, el ecosocialismo y la ecología profunda, entre otros. ¿Romanticismos? Quizás, pero sólo desde cierto enfoque ideológico. Esto es, desde ciertos paradigmas productivistas como los que con tanto éxito están destruyendo el planeta. Creo que las mencionadas propuestas merecen ser examinadas en su mérito. La tercera consideración se refiere al hecho de que la modernidad capitalista, con su énfasis en la posesión de objetos y de consumo mercantil, absolutiza un aspecto de lo humano. Su punto de mira, en efecto, es el homo económicus, el productor y consumidor, el supuesto creador de “la riqueza de las naciones”, con la correspondiente amputación de sus aspectos más elevados. A saber, la dimensión espiritual, la preocupación metafísica, ética y estética, la de los valores desinteresados, como los de la solidaridad y de la compasión a la que se refiere Riesco en su texto, etc. En referencia a la función deshumanizadora del capitalismo -y a su economicismo evidente- Marx decía que el capitalista no era dueño de su capital, sino a la inversa, que el capital era dueño del capitalista; decía que el capitalista era una mera función de la reproducción ampliada del capital y que, por lo tanto, ya no era un sujeto. Se había alienado: su producto se le había impuesto. De aquí se puede concluir, entre otras cosas, que el problema no consiste sólo en crear riqueza material, -cosa que dentro de ciertos límites es indispensable- sino en crear humanidad en su sentido más amplio, porque es aquí donde realmente reside la verdadera “riqueza de las naciones”. El punto es si la modernidad capitalista es compatible con este objetivo humanista. Mi impresión es que no. ¿Cómo llevar a cabo una reflexión sobre el futuro deseable que contemple estas dimensiones? Creo que el libro de Manuel contribuye al respecto. Si no, fíjese el lector en las constantes consideraciones que hace al sufrimiento humano involucrado en el desarrollo de los procesos históricos que describe, preocupación que, como es sabido, precisamente no caracteriza a todos los economistas. Véase la descripción de casos particulares que reitera, y su crítica al neoliberalismo al que acusa de no ser compasivo. El neodesarrollismo que Riesco propone sí lo sería, particularmente a través de la universalización de los servicios sociales de calidad, entre otros. Agreguemos la valoración que Riesco hace de las clases subalternas las que aun perdiendo son, a su juicio, las más valiosas, precisamente porque pagan los costos del eventual avance de la historia, aparte de que en gran medida lo hacen posible. La tercera consideración que antes de terminar quisiera hacer se refiere al tema del reemplazo en Chile del agotado neoliberalismo por el neodesarrollismo lo cual, -nos dice Riesco-, se hallaría acorde con el carácter de la época. La pregunta que al respecto surge es la siguiente. ¿Qué modalidad de neodesarrollismo cabría impulsar por parte de una izquierda del siglo XXI? Esta pregunta surge de la constatación que Riesco dice hacer en orden a que el desarrollo de la modernidad, aunque tiene un fondo común, transcurre por caminos muy diversos. Tanto es así que el propio socialismo soviético habría constituido una modalidad posible de ello. (En efecto, la experiencia soviética para Riesco habría constituido una modalidad de desarrollismo). Esto análogamente significa que, del mismo modo como hubo muchos desarrollismos posibles, también habría muchos neodesarrollismo posibles. De allí la pregunta ¿cuál sería el que debería impulsar una izquierda del siglo XXI? Si aceptamos que esa es la interrogante que realmente tenemos planteada, (cosa que es discutible) mi personal respuesta sería, para decirlo esquemática y simplificadamente, la siguiente: un desarrollismo que empalme con la tradición de la izquierda del siglo XX; esto es, que responda a los intereses de las clases subalternas, -con su correspondiente impulso a una legislación social y al fortalecimiento de las organizaciones de los trabajadores-; que nacionalice los recursos naturales del país y que cree un Área Social de la Propiedad, ello con vistas a financiar con los respectivos excedentes un Estado Social de Derecho; que reestructure el Estado en un sentido democrático con vistas a combinar lo representativo con lo participativo, pluralista y pluripartidista, eliminando la influencia del dinero en la política; y, en fin, que, dejando atrás la dominación de la oligarquía plutocrática y de las ETN, cree con la participación de todos un multifacético proyecto nacional (respetuoso de la naturaleza) capaz de insertarse en el mundo globalizado en base a una identidad latinoamericanista, coordinándose con los otros países de la región. Y, por último, que no pierda de vista la perspectiva socialista, no concebida para un futuro remoto. Quinto Quiero terminar recomendando la lectura de este libro, serio, sólido, con gran apoyo empírico y que deja planteadas tesis susceptibles de generar ineludibles discusiones. Sin dudas, su tesis principal -sobre el carácter de la época, que en el fondo sólo es una hipótesis- lejos de sentar nuevas certeza, debiera precisamente contribuir a ello.

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